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Hosted by Camilo Vadillo · arts · ES · 35 episodes
Comentarios e ideas sobre literatura y lectura de fragmentos para quien está buscando algo bueno para leer, o para quien aprende español como lengua extranjera y ya tiene un nivel de intermedio a avanzado.
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Lecturas del Bosque
El tiempo, lo efímero de la vida. El acecho, siempre presente de la muerte y el olvido. Y frente a estos, el poder de la palabra inmortal. Estas son algunas de las constantes que siento una y otra vez en la obra de Saramago. Además de un permanente enfrentamiento, no solo con la religión, sino con Dios, con sus designios, o con los nuestros, con la realidad tal como es, como la hemos hecho: sus jerarquías, su mezquindad, sus injusticias, su crueldad, su aparente inevitabilidad. Además de este permanente enfrentamiento, decía, hay una búsqueda - siempre incompleta- de algún tipo de cambio, de reorganización, ya sea individual, colectiva o universal, ya sea simbólica, o ya sea material, que rectifique la existencia, y que nos ayude a entender lo inentendible, a soportar lo insoportable, a vivir… y si realmente no existe otra posibilidad, a morir. Sus personajes e historias contagían la energía vital de la rebeldía, pero al mismo tiempo transmmiten la melancolía de quien sabe que al final nada va cambiar. Me deja con una extraña sensación de triteza, pero no de esa tristeza amarga de la negación, sino esa otra que es casi una sonrisa. El otro día estaba en el tren y de la nada me vino el recuerdo del prefacio dell Evangelio según Jesucristo, que es una descripción verdaderamente impresionante del grabado “La crucifixion” de uno de los artistas alemanes más importantes Alberto Durero - Albrecht Duerer- creo que se dice en alemán. Y para mi esa debe ser la mejor descripción sobre cualquier cosa que he leído en mi vida. Va entre narración, explicación y reflexión, es como una síntesis de lo que se nos viene en el libro, que comienza y termina en la cruz: el problema de la culpa, la humanísima historia de Jesús, en conflicto primero con su padre José, luego con el Diablo, luego con su madre, luego con su padre Díos, al que cuestiona, al que cuestiona también el narrador, al que cuestiona también el Diablo, al que cuestionamos también nosotros, pero él que no cambia nada, porque no quiere, porque porque la vida es así y siempre lo será. Jesús en su cruz nos pide: Perdonadlo, no sabe lo que hace. El Evangelio según Jesucristo es un libraso, incluso recuerdo que fue después de la primera vez que lo leí que comencé a interesarme por leer la Biblia, porque aunque uno no sea religioso es super interesante conocer bien la mitología de la cultura de la que somos parte. Otro libro que tiene que va más o menos por ahí es Caín. Entonces, ese día que iba en el tren y me acordé de ese prefacio tuve que buscar en el celular el tal grabado La Crucifixión, ventajas del mundo moderno, acceso al arte de hace 600 años al instante, y después tuve que buscar y leer el prefacio, y después todo libro, y después otro libro de Saramago, y después otro, y de un tirón eso es lo que he estado leyendo últimamente. Segunda vez que me pasa. Cuando tenía unos veinte años me enganché más o menos así con los libros de Saramago. Tiene este estilo único que le sale todo seguido sin respetar las tradiciones de los espacios y los puntos, exige un poco de concentración, pero vale la pena, porque vamos como navegando por la historia y las ideas a toda velocidad, como sin frenos. Uno llega sin aliento al final de cada párrafo, donde de tanto en tanto nos espera la estocada de alguna frase brutal que nos deja en blanco. “Al día siguiente no murió nadie.” Esta es por ejemplo una de esas frases. Así comienza las Intermitencias de la muerte, en el que un primero de enero la muerte, por primera vez en su larga carrera, decide dejar de matar. La gente no deja de envejecer o de enfermar, simplemente deja de morir. Luego, durante medio libro acompañamos una reflexión sobre la muerte, y sobre cómo sería la vida en su ausencia. Después de meses de huelga, la muerte vuelve aparecer, pero esta vez con un nuevo sistema. Ahora las personas antes de morir van a recibir una carta color violeta una semana antes de que les llegue la hora para que así puedan decidir cómo pasar sus últimos días. Así va trabajando la muerte, enviando por correo su correspondencia letal, hasta que pasa lo impensable: por primera vez desde que la muerte es muerte, un hombre que debería haber muerto hace una semana, resulta que no muere. Por alguna razón cada vez que la muerte le manda la carta violeta, la carta le vuelve aparecer sobre su escritorio. Inexplicablemente no puede llegar a su destinatario final: un pobre músico solitario que vive sin saber que su tiempo se ha acabado. Desconcertada, la muerte lo sigue día y noche y termina transformándose en mujer de carne y hueso para entregarle en persona la carta mortal. En dos ocasiones lo encuentra, conversa con él, pero no puede entregarle la carta, parece que no se anima. En la última noche del plazo que se había dado ella misma para resolver el problema del violonchelista que no moría, va a tocar el timbre de su casa y esto fue lo que pasó: Eran las once cuando sonó el timbre de la puerta. Algún vecino con problemas, pensó el violonchelista, y se levantó para abrir. Buenas noches, dijo la mujer del palco, pisando el umbral, Buenas noches, respondió el músico, esforzándose por dominar el pasmo que le contraía la glotis, No me pide que entre, Claro que sí, por favor. Se apartó para dejarla pasar, cerró la puerta, todo despacio, lentamente, para que el corazón no le explotara. Con las piernas temblando la acompañó a la sala de música, con la mano que temblaba le indicó el sillón. Pensé que ya se habría ido, dijo, Como ve, decidí quedarme, respondió la mujer, Pero partirá mañana, A eso me comprometí, Supongo que ha venido para traerme la carta, que no la ha roto, Sí, la tengo aquí en este bolso, Démela, entonces, Tenemos tiempo, recuerdo haberle dicho que las prisas son malas consejeras, Como quiera, estoy a su disposición, Lo dice en serio, Es mi mayor defecto, todo lo digo en serio, incluso cuando hago reír, principalmente cuando hago reír, En ese caso me atrevo a pedirle un favor, Cuál, Compénseme por haber faltado ayer al concierto, No veo de qué manera, Ahí tiene un piano, Ni se le ocurra, soy un pianista mediocre, O el violonchelo, Eso es otra cosa, sí, podré tocarle una o dos piezas si se empeña, Puedo escoger, preguntó la mujer, Sí, pero sólo lo que esté a mi alcance, dentro de mis posibilidades. La mujer tomó el cuaderno de la suite número seis de bach y dijo, Esto, Es muy larga, lleva más de media hora, y ya comienza a ser tarde, Le repito que tenemos tiempo, Hay un pasaje en el preludio en que tengo dificultades, No importa, sálteselo cuando llegue, dijo la mujer, o ni será preciso, ya verá que tocará aún mejor que rostropovich. El violonchelista sonrió, Puede tener la certeza. Abrió el cuaderno sobre el atril, respiró hondo, colocó la mano izquierda en el brazo del violonchelo, la mano derecha condujo el arco hasta casi rozar las cuerdas, y comenzó. Demás sabía que no era rostropovich, que no pasaba de un solista de orquesta cuando la casualidad del programa lo exigía, pero aquí, ante esta mujer, con su perro echado a los pies, a esta hora de la noche, rodeado de libros, de cuadernos de música, de partituras, era el propio johann Sebastian bach componiendo en cóthen lo que más tarde sería llamado opus mil doce, obras ellas casi tantas como fueron las de la creación. El pasaje difícil fue traspasado sin que él se hubiera dado cuenta de la proeza que había cometido, manos felices hacían murmurar, hablar, cantar, rugir al violonchelo, he aquí lo que le faltó a rostropovich, esta sala de música, esta hora, esta mujer. Cuando él terminó, las manos de ella ya no estaban frías, las suyas ardían, por eso las manos se dieron a las manos y no se extrañaron. Pasaba mucho de la una de la madrugada cuando el violonchelista preguntó, Quiere que llame un taxi que la lleve al hotel, y la mujer respondió, No, me quedaré contigo, y le ofreció la boca. Entraron en el dormitorio, se desnudaron, y lo que estaba escrito que sucedería sucedió por fin, y otra vez, y otra aún. Él se durmió, ella no. Entonces ella, la muerte, se levantó, abrió el bolso que había dejado en la sala y sacó la carta color violeta. Miró alrededor como si buscara un lugar donde poder dejarla, sobre el piano, sujeta entre las cuerdas del violonchelo o quizás en el propio dormitorio, debajo de la almohada en que la cabeza del hombre descansaba. No lo hizo. Fue a la cocina, encendió una cerilla, una humilde cerilla, ella que podría deshacer el papel con una mirada, reducirlo a un impalpable polvo, ella que podría pegarle fuego sólo con el contacto de los dedos, y era una simple cerilla, una cerilla común, la cerilla de todos los días, la que hacía arder la carta de la muerte, esa que sólo la muerte podía destruir. No quedaron cenizas.La muerte volvió a la cama, se abrazó al hombre, y, sin comprender lo que le estaba sucediendo, ella que nunca dormía, sintió que el sueño le bajaba suavemente los párpados. Al día siguiente no murió nadie. Increible no? La muerte enamorada. Creo que siempre es bueno tener a la muerte presente y esta es una linda novela para no olvidarla. Hay una parte del libro cuando la muerte, que era el típico esqueleto con su manto negro y su gadaña y se transforma en una mujer de carne y hueso y sonrisa irresistible, para entregar aquella carta, y a su paso va dejando un difuso perfume mitad rosa y mitad crisantemo. Resulta que ese es el mismo olor que se siente entre los papeles de la Conservaduría General de Registro Civil, en la que trabaja Don José, el protagonista de Todos los nombres, y cuyo Conservador tuvo la revolucionaria decisión de juntar en un solo archivo todos los nombres y papeles de los vivos y los muertos que tenía a su cuidado, alegando que solo juntos podían representar a la humanidad como debería ser entendida, un todo absoluto, independientemente del tiempo y los lugares y que haberlos tenido separados había sido un crimen contra el espíritu. Todos los nombres es una novela cortita, en la que curiosamente el único nombre que aparece es el de Don José, un funcionario cincuentón de la Conservaduría del Registro Civil al que no le había pasado nada muy interesante en la vida, hasta que por accidente se le entrepapela la ficha de una mujer desconocida y de repente Don José no puede pensar en otra cosa, quién será esa mujer, cómo habrá sido su vida. Entonces es tomado por la decisión de averiguarlo, porque son las decisiones las que nos toman y no al contrario, y por primera vez comienza a vivir una aventura de verdad. Una aventura que también transita entre la vida y la muerte. Mi escena favorita es cuando Don José entra al departamento de la mujer desconocida, y pasa lo siguiente: La puerta chirrió al abrirse, sobresaltando al visitante, repentinamente con dudas sobre la eficacia de la justificación que había pensado dar a la portera en el caso de que lo interpelara. Se deslizó con rapidez al interior de la casa, cerró la puerta con todo cuidado y se encontró en medio de una penumbra densa, a la que le faltaba poco para ser oscuridad. Palpó la pared junto al marco de la puerta, encontró un interruptor, pero prudentemente no lo hizo funcionar, podría ser peligroso encender las luces. Poco a poco los ojos de don José estaban habituándose a la penumbra, se diría que en situación semejante lo mismo le ocurre a cualquier persona, pero lo que comúnmente no se sabe es que los escribientes de la Conservaduría General, dada la frecuentación regular al archivo de los muertos a que están obligados, adquieren, al cabo de cierto tiempo, facultades de adecuación óptica absolutamente fuera de lo común. Llegarían a tener ojos de gato si no los alcanzase primero la edad de la jubilación. Aunque el suelo estuviese enmoquetado, don José creyó que sería mejor descalzarse los zapatos para evitar cualquier choque o vibración que pudiese denunciar su presencia a los inquilinos del piso de abajo. Con mil cuidados descorrió los cerrojos de los postigos de una de las ventanas que daba a la calle pero sólo los abrió lo suficiente para que entrase alguna luz. Estaba en un dormitorio. Había una cómoda, un armario, una mesilla de noche. La cama, estrecha, de soltera, como se decía antes. Los muebles eran de líneas simples y claras, lo contrario del estilo bazo y pesado del mobiliario de la casa de los padres. Don José dio una vuelta por las restantes habitaciones del apartamento, que se limitaban a una sala de estar amueblada con los sofás de costumbre y una estantería de libros que ocupaba de extremo a extremo una pared, una habitación más pequeña que servía de despacho, la cocina minúscula, el cuarto de baño reducido a lo indispensable. Aquí vivió una mujer que se suicidó por motivos desconocidos, que había estado casada y se divorció, que podría haber vuelto a vivir con los padres después del divorcio, pero que prefirió continuar sola, una mujer que como todas fue niña y muchacha, que ya en ese tiempo, de una cierta e indefinible manera, era la mujer que llegó a ser, una profesora de matemáticas que tuvo su nombre de viva en el Registro Civil junto a los nombres de todas las personas vivas de esta ciudad, una mujer cuyo nombre de muerta volvió al mundo vivo porque este don José fue a rescatarlo al mundo de los muertos, apenas el nombre, no a ella, que no podría un escribiente tanto. Con las puertas de comunicación interiores todas abiertas, la claridad del día ilumina más o menos la casa, pero don José tendrá que despacharse en la búsqueda si no quiere dejarla a medias. Abrió un cajón de la mesa del despacho, pasó los ojos vagamente por lo que había dentro, le parecieron ejercicios escolares de matemáticas, cálculos, ecuaciones, nada que le pudiese explicar las razones de la vida y de la muerte de la mujer que se sentaba en este sillón, que encendía esta lámpara, que sostenía este lápiz y con él escribía. Don José cerró lentamente el cajón, todavía comenzó a abrir otro pero no llegó al final del movimiento, se detuvo pensando un largo minuto, o fueron solamente uno pocos segundos que parecieron horas, después empujó el cajón con firmeza, después salió del despacho, después se sentó en uno de los sofás de la sala y allí se quedó. Miraba los viejos calcetines zurcidos que traía puestos, los pantalones sin raya un poco subidos, las canillas blancas y delgadas, con escaso vello. Sentía que su cuerpo se acomodaba a la concavidad suave del tapizado y de los muelles del sofá dejada por otro cuerpo, Nunca más se sentará aquí, murmuró. El silencio, que le había parecido absoluto, era cortado ahora por los sonidos de la calle, sobre todo, de vez en cuando, con el paso de un coche, pero había en el aire también una respiración pausada, un latir lento, sería tal vez la respiración de las casas cuando las dejan solas, ésta, probablemente, aún no se percató de que tiene alguien dentro. Don José se dice a sí mismo que a

Lecturas del Bosque
El viejo y el mar es una historia sobre cómo encarar la vida. Confieso que la primera vez que la leí - cuando tenía unos 20 años- me aburrió un poco. No veía nada de glorioso, o entretenido, en la historia de un pescador que ya no podía pescar. La volví a leer hace unas semanas porque me la regaló Stephi para mi cumpleaños. Y aunque ya sabía cómo acababa la historia, esta vez acompañé el viaje del pescador con entusiasmo, y disfruté mucho más de la narración y del lenguaje; especialmente cuando Hemingway cuenta cómo el pescador siempre pensaba en el mar como la mar. “Que es como la llaman en español, cuando la aman”. Y nos explica cómo los más jóvenes, con lancha a motor, o los que se referían al mar como un lugar específico o hasta como un enemigo, le decían el mar, a diferencia del viejo y los que la aman, que la ven como una entidad encantadora y misteriosa que esconde tesoros, y que si hace cosas terribles, es solo porque no puede evitarlo. ¿Qué lindo no? En una cosa tan simple expresa ese hechizo que desde siempre ejerce el mar en algunos hombres. Sin embargo, mientras avanzaba la historia y los tiburones iban haciendo pedazos a su maravilloso pez espada, me encontré otra vez decepcionado. Y aunque racionalmente entendía el estoicismo y la dignidad de su batalla, de alguna forma yo seguía sintiendo la historia incompleta, por lo menos en mi interior. Algo no cuajaba. El viejo y el mar es una historia sobre cómo encarar la vida y racionalmente yo entendía que sí, que en cualquier cosa que uno haga, no podemos juzgarnos por el resultado, sino por haber dado lo mejor que uno tiene para dar. Pero en mi interior un sentimiento me seguía diciendo, ¿para qué tanto alboroto? Yo quería que el viejo gane, como un triunfo simbólico del hombre frente a la vida, frente al mundo. Y me desesperaba verlo pelear y perder. No podía entender - emocionalmente - que es justamente eso lo que hace grande a la historia. Otra posibilidad de por qué me sentía decepcionado, o aburrido con el libro, puede ser porque siempre me gustaron las historias en las que suceden muchas cosas, ya sea en la realidad ficticia o en el mundo interior de los personajes. Solo hace falta ver algunas de las que he comentado aquí en el podcast: tenemos la espectacular extravagancia de García Márquez, o el color apasionado en los personajes de Jorge Amado, o el duelo a cuchilladas de Saramago con Dios y con la muerte. De alguna manera la historia de este pescador, sólo en el mar, con pocas palabras y sin ninguna explicación, no clasificaba. Al llegar al final no sentía esa catarsis de la que hablaba en el episodio de Madame Bovary y que uno siente con la muerte de Emma, o cuando Saramago le hace decir a Jesús en la cruz: “hombres, perdonadle porque no sabe lo que hace”, o cuando nuestro queridísimo capitán de ultramar se salva de la vergüenza y el escarnio, o cuando descubrimos que las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían otra oportunidad sobre la tierra. Ahora que pienso en eso, creo que la culpa no es del pescador. Sino de esa forma que tiene Hemingway de esconder la historia dentro de la historia. De su famoso iceberg. Yo no sentía el poder de lo que no se dice. En mi caso parece que tomó bastante tiempo de reflexión inconsciente para que la historia haga efecto en mí. Pero entonces pasaron dos cosas. La primera y la más importante, es que unas dos semanas después de leer el libro, un día desperté pensando en la historia del viejo y el mar. Como si la hubiese soñado. Y en ese estado de trance en que nos tiene la vigilia, sentí como una revelación o una epifanía. Esas cosas pasan. No sé cómo, pero de repente sentí de verdad la lucha de Santiago. Nada había cambiado racionalmente en mi entendimiento de su historia; sin embargo, Santiago ya no era para mí un pobre pescador, sino un héroe atemporal. De repente entendí que el mismo Hemingway, que había sido el mito personificado de esa forma de vivir apasionada y llena de todo tipo de aventuras; que había sido héroe de guerra, que cazaba leones en África, que salvaba toreros, que ganaría un premio Nobel, etc. Él mismo, probablemente habría preferido ser ese nuestro viejo de manos partidas y voluntad de hierro. Entonces, todavía dormido sentí el coro de voces que hoy critican lo que Hemingway y Santiago representan. Hasta que apareció el ser original sobre el que mi madre me cuenta, y con su voz de trueno preguntó: ¿cómo querés encarar la vida? Y de pronto me sentí en paz con el final, y se fue la decepción que sentía con los tiburones y con el pez perdido; a veces no se puede contra el mundo, a veces no da. Pero el alboroto vale la pena, porque está cargado de significado y de sentido. Lo segundo que pasó para que El viejo y el mar tenga un efecto total en mí, fue que leí Las nieves del Kilimanjaro, para un programa que estamos queriendo hacer con mi amigo Ángel Careaga en el que pensamos conversar sobre cuentos cortos. Las nieves del Kilimanjaro me encantó a la primera, y funcionó como un espejo que refleja lo opuesto que el viejo el mar. El cuento comienza con la siguiente nota: “El Kilimanjaro es una montaña cubierta de nieve de 5.895 metros de altura, y se dice que es la más alta de África. Su cima occidental se llama, en masai, Ngàje Ngài, la Casa de Dios. Cerca de la cima occidental hay el cadáver seco y congelado de un leopardo. Nadie ha explicado qué buscaba el leopardo a tal altura.” Ese detalle me pareció absolutamente genial. Tan simple. Sin ninguna otra explicación. Nunca más se menciona al leopardo. Pero su presencia queda y se siente en todo el cuento. La historia trata de un escritor que se está muriendo de gangrena en algún lugar entre Kenia y Tanzania. Mientras la gangrena avanza, el tipo va recordando su vida llena de experiencias, desde su infancia en Estados Unidos, hasta las guerras de Europa, pasando por burdeles en Constantinopla, pesca en la selva negra, y clásicos enredos de amor y soledad. El tipo ha vivido mucho, pero mira hacia atrás con cierto arrepentimiento. Siente que perdió su esencia al quedarse con una mujer a la que realmente no ama y con la que comparte el aletargado mundo de los ricos. Recuerda una vida que parece alucinante, envidiable; pero que se siente vacía, carente de significado y de sentido. Recuerda su vida y se arrepiente de no haber escrito sobre lo que vivió. Tal vez sea eso lo que le roba el sentido. Él, que había vivido tanto, pero siendo escritor no lo había escrito. Y ahora ya no hay tiempo. ¿Cómo queremos encarar la vida? Yo creo he intentado pasar por esta vida absorbiendo apasionadamente lo que este mundo tiene para ofrecer, siempre con hambre de aprender y de vivir; y siempre vi de una forma más o menos peyorativa ese estilo de vida de los Hobbits, que temen la aventura, que viven en la comodidad de sus acogedoras cuevas bajo el suelo, atentos a la hora comer torta y de tomar té. Siempre imaginé, que cuando cuando sea viejo y esté cerca del final, podré mirar para atrás y decirme que he visto los paisajes de este mundo, que aprendido la historia de su gente; que he vivido en diferentes lugares, conociendo sus idiomas y sus culturas, disfrutando - o sufriendo- de su humor y sus comidas, y ganándome su amor. Y todo eso es muy bonito, pero a la hora de la verdad puede quedar en una nadería si carece de significado y de sentido. Frente al cinismo y a la posibilidad de semejante vacío, el leopardo sigue allá arriba, invencible, igual que nuestro pescador en el mar. Y nosotros, ¿cómo queremos encarar la vida? Solo hay una respuesta posible: con coraje. ¿Y qué es el coraje? Es gracia bajo presión.

Lecturas del Bosque
Hola Hola, cómo les va? Hoy quería hablarles de La Historia Interminable, de Michael Ende, es uno de mis libros indispensables, de esos que van creciendo conmigo, todos tenemos de esos libros, al que uno vuelve varias veces y cada vez es un libro distinto, obviamente porque el que va cambiando es uno, pero al mismo tiempo, cuando uno lo vuelve a leer, además de ser un largo reencuentro con el libro y con sus personajes, también de alguna forma es un largo reencuentro con la persona que fuimos todas aquellas veces que leímos el libro anteriormente. La Historia sin fin, o la historia interminable, fue escrita originalmente en alemán, y hace unos días volví a leer el libro, entre otras cosas para practicar el idioma. Lo menciono porque muchas veces dicen que el alemán es un idioma tosco o que suena agresivo, pero este es un libro tan dulce… realmente es una prueba viviente de la dulzura con la que se puede usar el alemán. Está realmente escrito con la misma ternura y simplicidad con la que uno le habla a un niño para hacerlo dormir. Así que ya saben, es ideal para los que quieran practicar su alemán. Además, es mucho más que una simple historia infantil. Es un libro con una historia profunda y compleja, contada de una forma simple y llena de encanto. Y cuál es esta historia profunda y compleja? En su simplicidad y profundidad, la Historia Interminable es un libro en muchos sentidos sobre la condición humana, a mi entender. Sobre nuestra relación con lo real y lo fantástico, sobre nuestro infinito mundo interior como fuente de significado y de vida, y sobre la importancia de compartir, también, ese mundo con otras personas en el mundo real; es un libro sobre el amor propio, pero también sobre el amor fraternal, o sea, sobre la amistad. También es un libro sobre equilibrios, y en ese equilibrio entre la realidad y la fantasía, entre el mundo interior y el exterior, y tantos otros equilibrio que también están en el libro, o que también hay en el libro, también está el equilibrio entre la libertad y la responsabilidad. Para mi ese es de los puntos más importantes del libro. Porque, Qué es la libertad sin responsabilidad? Qué es el individuo sin los demás? Cómo alimentarnos del poder de nuestra voluntad sin perdernos en el laberinto de los deseos? En ese sentido el periplo de Bastian por Fantasía me hace acuerdo al dilema inicial de la Insoportable levedad del ser. Pero nos estamos adelantando… volvamos a empezar La Historia Interminable es la historia de un niño de unos 10 años que se llama Bastian y que está atravesando por un muy mal momento. No encuentra la forma de relacionarse con su padre, sufre bullying en el colegio y nadie aprecia su único talento: el de inventar historias. En algún momento ya habíamos dicho que no buscamos historias para escapar de la realidad, sino para encontrarla. Y es ese precisamente el viaje que sin saberlo tiene que hacer Bastian Baltasar Bux por el reino sin fronteras de Fantasía para encontrarse a sí mismo, y a su verdadera voluntad; voluntad necesaria, además, para curar, entre comillas, el mundo en el que le tocó vivir. Y al acompañarlo, ese es un poco también el viaje que también nosotros hacemos. El libro está dividido en dos partes. La primera es el viaje de Bastian desde el mundo real al mundo de Fantasía. Pero este viaje no lo puede hacer por sí mismo. Es a través de las aventuras de Atreyu que Bastian puede llegar hasta Fantasía. Es un viaje del exterior al interior. La vida real no tiene color, ni sentido. Y es a través de Atreyu que Bastian comienza su viaje de transformación. Atreyu también es un niño, pero ni hace falta decir, es un niño lleno de cualidades que Bastián no tiene. Atreyu es el perfecto niño héroe capaz de enfrentar cualquier peligro para salvar el mundo en el que tocó vivir. Atreyu vive en Fantasía, y Fantasía está en peligro, día a día está siendo consumida por la nada, porque hace mucho tiempo que personas del mundo real ya no la visitan para llenarla de nuevas historias. Ya que así como el mundo real es invivible o insoportable sin fantasía, Fantasía no puede existir sin el mundo real. Un mundo se alimenta del otro, y están entrelazados el uno al otro de la misma forma que el símbolo que se encuentra en la tapa del libro: las dos serpientes que se muerden mutuamente la cola formando la señal del infinito. El peligro mortal que la nada representa es el drama de Fantasía y Atreyu es el héroe escogido, que para salvarla tiene que encontrar un niño de carne y hueso que traiga nuevas historias. A través de la Gran búsqueda de Atreyu Bastian se va enamorando del maravilloso mundo de Fantasía, que lo llama y lo jala cada vez con más fuerza, y a nosotros junto a él. Fantasía está llena de magia, de misterios, y de personajes increíbles como Fújur, el dragón de la suerte, con sus ojos rojos como un rubí y cuyo canto con su voz de bronce es de las cosas más bellas que existen, o Pérellin la selva de colores fosforescentes que nace cada noche y no deja de crecer y crecer, y crecería tanto que se consumiría el mundo entero si no fuera porque cada día al amanecer despierta Graógraman, un león que cambia de colores como un camaleón y cuyo cuerpo emite un calor tal que derrite toda la selva y la convierte en un impresionante desierto multicolor. Pero cada atardecer, Graógraman se convierte en piedra y nuevamente la selva comienza a crecer y crecer, hasta que sale el sol, cuando Graógraman vuelve a despertar. Aquí otra vez la idea de un eterno equilibrio. Otro episodio fascinante es cuando La Emperatriz Infantil va en busca del Viejo Errante de la Montaña. Son uno como la contraparte y el reflejo opuesto del otro. Ella siempre niña, él siempre viejo, ella como la adorada inspiración a través de la cual existen todas las historias que forman Fantasía, y él, quien las escribe disciplinadamente en soledad. Ella se ve forzada a ir a verlo, porque incluso después de la larga búsqueda que hace Atreyu, Bastián no se anima a dar el último paso para entrar. Entonces, muy cansada, y muy enferma, ya que la nada lo está consumiendo todo, la Emperatriz Infantil va en busca del Viejo Errante para pedirle que narre desde el principio la Historia Interminable. Y cuando se encuentran es realmente un momento fascinante y confuso, que ahora al volver a leerlo me hizo pensar en la fijación o fascinación que tiene Borges por los espejos, y por las mil y una noches. El Viejo Errante le hace caso y comienza contar la historia desde el principio, y esta vez Bastián se lee así mismo dentro del libro, se ve a sí mismo dentro del libro, el cual se repetiría desde el principio hasta ese momento una y otra vez para siempre, a menos que él haga algo, lo que lo fuerza a entrar en el Reino de Fantasía. Y aquí comienza la segunda parte del libro. El viaje de regreso de Bastian desde Fantasía hasta el mundo real. Un viaje del interior al exterior. El viaje de retorno, es el viaje necesario para curar el mundo en el que tocó vivir, después de beber el agua de la vida en el mundo interior. En esta parte de la historia es imposible no recordar, para mi es imposible no recordar el podcast que hice sobre Teseo y el Minotauro, porque resulta que hay un problema: Bastian no quiere volver, y Fantasía entonces se convierte en el Laberinto, en un laberinto del que Bastián no puede salir. Al llegar a Fantasía, para llenarla de historias, pero también para encontrar su propia voluntad, a Bastian se le otorga el poder de hacer realidad todos sus deseos. Y es así que Bastian comienza a transitar el peligrosísimo camino de los deseos. Usando el poder de sus deseos Bastián salva a Fantasía de la nada, la llena de historias, de todo tipo de historias, pero al mismo tiempo se va transformando en todo lo que no era y él quería ser: al principio se vuelve super atractivo y fuerte, luego se hace resistente a todo tipo de adversidades, luego se hace popular y querido, luego adminado, luego respetado y más adelante hasta temido. Pero como todo en la vida tiene un costo, cada deseo le costaba un recuerdo. Por lo que poco a poco se va quedando sin recuerdos del mundo real. En el momento en que se hace fuerte, por ejemplo, se olvida que una vez fue débil, en el momento que se hace valiente, se olvida que una vez fue miedoso… Y el que no tiene recuerdos nada puede desear, y sin deseos tampoco puede encontrar su verdadera voluntad, ni el camino de regreso a casa. Entonces, de poderoso, temido y respetado, Bastian pasa al olvido, y por poco se pierde para siempre en en el mundo irreal, con un par de deseos de sobra, es solo con paciencia y trabajo en la mina donde se encuentran los sueños perdidos es que Bastian encuentra su verdadera voluntad: que es ser capaz de amar, de amarse así mismo tal y cual él es, y de compartir ese amor, el amor de vivir con su padre, y con el mundo. Y es una vez más gracias a la ayuda de Atreyu que Bastian llega a la fuente del agua de la vida, recupera sus recuerdos y logra volver. Bastian, que ha encontrado la alegría de vivir, al volver la comparte con su padre, y cura de cierta forma su mundo y su realidad, y al mismo tiempo, se convierte en nuestro Atreyu, y nos lleva de regreso a Fantasía, para que… Quien sabe, tal vez nosotros podamos también beber de la fuente del agua de la vida y curar el mundo en el que nos tocó vivir.

Lecturas del Bosque
Lo primero que me impresionó fue la historia misma de las hermanas Brontë. Cómo es posible que, desde una sola casa en un pueblo relativamente aislado, tres hermanas autodidactas, con recursos limitados y en una época en la que era muchísimo más difícil escribir siendo mujer, ellas escribieran - casi al mismo tiempo -, libros que hoy son considerados clásicos indiscutibles de la literatura. El fenómeno de las hermanas Brontë no tiene paralelos en la historia. Y como todo lo que es único, no dejan de maravillar y seducir. Infelizmente, las tres tuvieron una muerte prematura. Uno solo puede imaginar lo que habrían continuado escribiendo si hubieran tenido más tiempo y más salud. Me decidí por leer primero Cumbres Borrascosas simplemente porque me encantó el título. Ya me daba la impresión de algo aislado, sombrío, medio mitológico. Casi como un sortilegio. Sobre todo en inglés. Wuthering Heights. Como decir abracadabra, o Hocus Pocus. De entrada vale la pena decir que Cumbres Borrascosas es mucho más que una simple historia de amor. También es una historia de crueldades, de venganza, de obsesión. El libro comienza cuando el nuevo inquilino de una mansión alejada de todo, el señor Lockwood, va a visitar al dueño que se la alquila. El dueño vive en la finca vecina, a unos 4 kilómetros, al otro lado del páramo, en unas cumbres donde siempre da el viento. En esa casa todo aparece medio oscuro y misterioso, casi como un cuento de terror. El dueño de casa es el señor Heathcliff, y además de él en la casa de las cumbres hay una joven que a los ojos del señor Lockwood es increíblemente linda, y enigmática. Él piensa que es la esposa del señor Heathcliff, pero luego le corrigen que es su nuera. También hay otro joven que al principio el señor Lockwood no sabía si era familiar o sirviente, por su postura orgullosa, y sus ropas campesinas. Cuando el joven también se sienta a la mesa con ellos, el inquilino piensa que es el hijo del señor Heathcliff, pero de nuevo le dicen que no. Resulta que el hijo del Sr. Heathcliff ha muerto. Y no le dan ninguna otra explicación. El inquilino es el que comienza narrando la historia en primera persona, y de entrada uno quiere saber quién es la gente de esa casa y qué fue lo que pasó ahí, porque no parecen una familia normal. El inquilino vuelve a su casa recién alquilada, y una de las sirvientas, Nelly, le comienza a contar toda la historia. Dentro del relato de Nelly, hay momentos en que otros personajes comienzan a contar algunas partes de la historia, y más adelante el inquilino retoma la palabra también. Por ejemplo hay partes en las que escuchamos como Nelly le cuenta al inquilino, lo que le contaron a ella. Esta estructura con diferentes perspectivas no solo crea una atmósfera de misterio y complejidad, sino que también añade capas de subjetividad y distorsión. Al final, estamos escuchando lo que alguien dijo que le dijeron que pasó. Y digo escuchar , y no ver o leer porque justamente nos da la sensación -por lo menos a mí- de que estamos escuchando un chisme, o un cuento oral, más que leyendo una novela. Le da un toque íntimo, que nos mete en la historia y no nos suelta hasta el final. Nelly comienza a contar la historia cuando ella trabajaba en la casa de Cumbres Borrascosas, aproximadamente unos 30 años antes de que el señor Lockwood se siente a escucharla. En esa época la casa pertenecía a la familia Earnshaw. La pareja tenía dos hijos, Hindley de unos 13 años, y Catherine de unos 6. La propia Nelly tendría alrededor de los 18 años en ese entonces. Un día, el padre tenía que ir a la gran ciudad, e iba a traer regalos para sus hijos y para Nelly. Pero en vez de volver a la hora que había dicho que volvería, se retrasó horas de horas. Y cuando por fin volvió, algunos de los regalos se habían roto o no había podido traer exactamente lo prometido, porque resulta que bajo su abrigo, además de los regalos, también traía a un huerfanito con rasgos de gitano que había encontrado abandonado en la calle, y con el que, por alguna razón, se encariñó hasta el fin de sus días. Y así es como empieza el drama de Cumbres Borrascosas. El niño se queda a vivir con ellos y le ponen de nombre y apellido simplemente Heathcliff. El hijo mayor, Hindley, crece envidiando y maltratándolo. Mientras más lo adulaba el padre, más lo maltrataba. Heathcliff aguantaba los abusos sin quejarse ni decir nada, y tratando de sacar provecho como podía. Por otro lado, él y Catherine tenían la misma naturaleza orgullosa e indomable. Viven haciendo travesuras, se vuelven inseparables, y con el tiempo terminan construyendo esa unión de almas casi etérea, épica y sublime, típica del Romanticismo. No es amor - o por lo menos no es solo amor-, es como si los dos fueran, de alguna forma, un solo ser. Es una unión que va más allá de lo físico, de lo moral, e incluso de la vida y la muerte. Después que fallecen los padres, la mansión de Cumbres Borrascosas poco a poco se va volviendo un lugar más tétrico, más cruel, y menos habitable. Mientras tanto, al otro lado del páramo está la otra finca, La Granja de los Tordos, en la que ahora el señor Lockwood está escuchando a Nelly. En esa época, en esa casa vivía la familia Linton, que tenían un hijo y una hija -Edgar e Isabella-, de edades no muy distintas a las de Heathcliff y Catherine. Estas dos casas y el páramo entre ellas son el escenario de la historia. Frente a Cumbres Borrascosas que se vuelve un lugar cada vez más inhóspito y terrible -lleno de gritos, de rencores y maltratos -, La Granja de los Tordos representa la civilización, la calma, la paz y estabilidad. Un refugio, pero sin que por eso pueda siempre contener las pasiones que atormentan el alma humana. Cuando el hermano de Catherine se hace cargo de Cumbres Borrascosas, por fin tiene el poder de quitarle a Heathcliff ese lugar de privilegio que había tenido mientras vivía su padre. Lo convierte en un sirviente, le quita la educación que tenía, lo margina, lo humilla y lo denigra; pero a Heathcliff nada de esto parece importarle, porque lo único que realmente le importa es estar con Catherine, con la que a pesar de todo, seguían siendo inseparables. Y entonces entran en escena los Linton. Hasta aquí la novela se lee de forma voraz, no porque uno quiera saber como termina la historia, ya que desde el principio sabemos que Catherine muere, que la nuera de Heathcliff es la hija que ella tuvo con Edgar, que también ha fallecido. Y que el hijo muerto de Heathcliff también es hijo de Isabella, la hermana de Edgar. O sea, desde el principio sabemos que estos dos seres de Cumbres Borrascosas - pasionales e irracionales - se terminan casando con los dos Linton, que por lo general son más racionales y cautos. Lo que no sabemos y queremos saber es cómo, o más importante todavía, por qué. Y como con toda buena historia, puede ser que después de terminar de leer, sigamos queriendo saber esas respuestas. El otro día estaba conversando con mi tío Quico sobre Cumbres Borrascosas, y él me pasó un video super interesante en el que una señora analiza y compara tres novelas de las hermanas Brontë. En una parte del video dice que tanto la desgracia de Heathcliff como la de Catherine, suceden porque ella, este ser libre y pasional, decide casarse con Edgar Linton, que es un tipo muy parecido al buen Charles Bovary, solo que mucho más rico y un poco menos manso. En el video ella ve esto como una traición, tanto hacia Heathcliff, o a su amor por él, como una traición hacia ella misma. Lo ve como una traición, porque en esa decisión ella ve un intento de Catherine de ser un ser racional y no lo que ella es: desbordante pasión. Ella ve que en esa decisión Catherine cede su libertad individual y acepta la esclavitud de las convicciones sociales. Esta decisión de Catherine es el punto neurálgico de la historia y el libro aquí me pareció tremendo, encantador. Nelly le sigue contando la historia al señor Lockwood. En ese momento Nelly está narrando como Catherine le cuenta lo que siente y lo que piensa y que ha decidido casarse con Linton, sin saber que Heathcliff estaba descansando al otro lado. En una de las frases más lindas de la novela, Catherine le explica a Nelly: "Mi amor por Linton es como el follaje de los bosques: sé muy bien que el tiempo lo cambiará, como el invierno cambia los árboles. En cambio mi amor por Heathcliff se parece a las rocas eternas bajo el suelo: una fuente de escaso deleite visible, pero necesaria. ¡Nelly, yo soy Heathcliff! Está siempre, siempre en mi mente; no como un placer —del mismo modo que yo no soy un placer para mí misma—, sino como mi propio ser." Ahora volvamos al centro del conflicto. En un primer momento también vi en la decisión de Catherine un tipo de conveniencia racional. Sí parecía como si ella estuviese intentando ser algo que no es, y de ahí viene esa idea de traición a sí misma. Pero después cambié de opinión. No creo que su decisión haya sido ni racional, ni una traición a sí misma, creo que ella estaba siendo exactamente como ella era y quería ser. No veo la decisión de Catherine como una traición, en primer lugar porque este su amor por Heathcliff era tan profundo, que no necesitaba de ningún matrimonio, ni de nada terrenal para existir, o para que ella lo viva plenamente. Además ella en ningún momento renuncia, ni renunciaría a que Heathcliff deje de ser una parte central en su vida. Y en segundo lugar, porque a pesar de lo importante que es Heathcliff, como ella misma lo explica: yo soy Heathcliff. Eso no es todo lo que ella es. Ella es más que simplemente ese amor y esa pasión por Heathcliff. Catherine no es un ser unidimensional. Teme vivir en la miseria, se avergüenza de ser la esposa de un criado. Y por otro lado, también quiere a Linton, no lo ama de esa forma desaforada y trascendental como ama a Heathcliff, pero lo quiere, es un buen tipo, y disfruta de ser la dama que ella es a su lado. No hay nada de esclavizante en todo eso, es parte de su naturaleza humana. Tan real y válido como su amor por Heathcliff. Y no creo que su decisión sea racional, porque no es un frío cálculo de pros y contras de probabilidades, sino que está impregnada de orgullo. Ella piensa, con una ingenuidad apasionada, que puede tenerlo y controlarlo todo. Quiere ser la dama de la Granja de los Tordos por un lado y vivir su pasión fulminante por el otro. Ella parece ser racional cuando planea casarse con Edgar y usar su dinero para ayudar a Heathcliff a salir de la situación de servidumbre en la que lo había colocado su hermano. Pero ese plan no es realista. Cómo iba un tipo como Heathcliff aceptar algo así? Es una fantasía disfrazada de estrategia. Si Heathcliff hubiese sido un tipo como Edgar o como el buen Charles, probablemente habría funcionado. Pero si Heathcliff hubiese sido así, ni hubiese sido Heathcliff, ni Catherine lo habría querido de la forma que lo hizo. Entonces se compromete con Edgar y Heathcliff simplemente se va. Tres años más tarde, cuando ella ya está casada, y según Nelly, viviendo en paz y tranquilidad, Heathcliff vuelve rico, poderoso y con sed de venganza. A partir de aquí el libro se vuelve incómodo y perturbador. Ya no se lee de la misma forma. Ese huerfanito que hemos aprendido a querer, con el que hemos empatizado a través de las crueldades e injusticias que le han tocado vivir, vuelve transformado en una bestia. Al principio queremos que tenga su venganza, así como queremos y disfrutamos la venganza de Edmundo Dantes, cuando vuelve transformado en el Conde de Montecristo. Pero mientras la venganza de Edmundo parece caer de los cielos como justicia divina, Heathcliff vuelve como demonio destructor. Heathcliff vuelve sin ningún afán de redención, sino con intención de destruirlo todo y a todos, y eso es lo que hace desde que vuelve hasta el final. El tipo nunca culpa a Catherine, sino a todos los demás. Con ella va a querer estar siempre,haga lo que haga y pase lo que pase. Sin embargo, es incapaz de dejarla en paz. Por ejemplo, aunque ve que la destruye, no puede dejar su guerra contra Edgar y cualquier atisbo de felicidad que Edgar pueda llegar a tener. Al final es esa naturaleza de pasión desmedida, que ambos comparten, tanto para el odio como para el amor, lo que la termina matando. La venganza de Heathcliff es tan implacable e irracional, que ataca y destruye a personas que no tienen nada que ver con su pasado, y su desgracia. Como Isabella, con la que se casa solo para causar tormento, o la hija de Catherine, e incluso su propio hijo, al que maltrata hasta el final. Al hijo de Hindley, le hace lo mismo que Hindley le hizo a él. Le quita la educación y lo transforma en un sirviente bruto y orgulloso de su ignorancia. Como venganza contra su padre, lo convierte en una nueva versión de sí mismo. Lo irónico es que este chico quizás sea el único que de verdad quiso a ese espectro atormentado en el que se termina convirtiendo. Es a través de esa nueva generación que Emily Brontë nos da una especie de esperanza. Porque para Heathcliff no hay salvación posible, el odio lo consume hasta la muerte, que es lo único a lo que él puede anhelar como reencuentro simbólico con Catherine. A él sí lo veo como un ser más unidimensional; pero con él, Emily Brontë nos dió unos de los personajes románticos más emblemáticos de la historia. Su origen incierto y misterioso. Su amor apasionado y total, el dolor infernal que sufre y que provoca, siguen haciendo que continuemos viendo su historia de pasión imposible en canciones, series y películas, a casi 200 años de que Emily haya escrito su novela inmortal. Fue curioso haber leído este libro justo después de leer Madame Bovary, porque una vida como la de Catherine, es lo que hubiese querido tener Emma. Una pasión trascendental y absoluta, en lugar de amores cobardes y mezquinos, una muerte poética y teatral, en lugar de una terrible y dolorosa. En fin, hubiera querido existir en una novela romántica, y no en una realista. Sin embargo el romanticismo que usa Emily, es único, y probablemente bastante diferente a las lecturas habituales de Emma. En Emily Brontë el amar no se trata de poseer a alguien, sino de ser con alguien. Y el amor no aparece como un refugio que salva y redime, sin
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