
Maestra Uranga
La compasión el nivel más alto del Amor. Gema Uranga y Florencia Cervantes Maya oblatas benedictinas
Necesitamos URGENTEMENTE volver a nuestro Origen: Dios, en el cual vivimos, nos movemos y SOMOS. Desprendernos de lo que no somos: ira, miedo, tristeza. Ser como nuestro Creador: DONADORES, darnos, entregarnos como Jesús, sabiendo que ya tenemos todo en nuestro interior para vivir SIRVIENDO sin perdernos en el hacer y el hacer, sino SIENDO AMOR por donde quiera que miremos, hablemos, vayamos, hagamos. SER COMPASIÓN, ¡¡SIEMPRE!! como Jesús, como tantos y tantas, como lo es el Padre Dios, nuestro Abba profunda y totalmente CARIÑOSO, AMOROSO, TIERNO. Dios nos cuida y cuidar es sabio, es darnos desde la alegría de ese Dios alegre. Nuestra autoestima ha de permanecer en Él 24 horas al día, pues Él nos da la posibilidad de ser presencia transformadora y comprometernos con la vida, para atravesar y disolver el sufrimiento, aunque muchas cosas duelan pero NO RESISTIMOS nada. En Él podemos auto conocernos de verdad, generando actitudes abiertas y cooperativas y Avanzar JUNTOS en construir un mundo más amable, más pacífico y en armonía. Quizá sintamos insatisfacción con nuestra vida, aislamiento, depresión, ansiedad, soledad, o puede que las diferentes situaciones y relaciones nos sobrepasan. De hecho hay personas que ya han dejado de intentar tener relaciones saludables, íntimas y cercanas, por agotamiento, o sencillamente porque les desborda el alto nivel de aferrarse cada uno a sus creencias, sus pensamientos nada sabios, su necedad día tras día, locura, egoísmo, individualismo e ignorancia que está dañando tanto. Las creencias y los hábitos que nos impiden amarnos bien y plenamente, cuidarnos y cuidar del planeta, surgen de un malentendido: el espejismo de la separación. La mente de la separación nos ha alejado de los principios de abundancia en el amor verdadero, de la generosidad, la reciprocidad e interdependencia que rigen en la naturaleza. En todo momento contamos con la elección de retornar a la interconexión o de separarnos. Los divorcios a gritos nos dicen que ha habido una gran incapacidad para trabajar cada persona en su interior, gran incapacidad para amarse así mismo como Dios nos ha amado primero, gritan una gran CEGUERA INTERIOR, porque no hay vida interior, y se ha querido y preferido vivir desde la superficialidad, desde no entender nada de nada sobre NADA. Y seguimos así, porque no somos conscientes de ello y actuamos desde el piloto automático, los hábitos y condicionantes, y nos separamos de nuestro núcleo sano, positivo, vital y relacional como lo es nuestro SER ORIGINAL, pues se nos olvida que venimos del SER que es el AMOR DE TODO LO CREADO: Dios. Cuando vivimos con la mentalidad de separación, no estamos plenamente presentes en la interconexión y perdemos energía, por eso vamos por la vida llenos de ira, de miedos, de tristeza, enfermos de tantas cosas. En cambio, cada vez que vivimos con la mente que percibe desde ESE AMOR SIN CONDICIONES, desde ESE DONARSE, y estamos en presencia plena, en atención plena frente a nosotros mismos, frente a los demás, frente a Dios, nuestro ser se energiza y revitaliza. La interconexión es un estado natural del ser, sin embargo, dejamos de sentirlo al vivir en un entorno que nos condicionó a partir de la infancia. Aprendimos a etiquetar, comparar, reaccionar a la vida desde un lugar de desconexión, en vez de percibir desde DIOS, ese ser UNO como el Padre y Jesús, son UNO y quien es la unidad con la vida. Como dirá Rabindranath Tagore : “Dormía y soñaba que la vida era alegría. Me desperté y vi que la vida era servir. Serví y vi que servir era la alegría” Decidámonos a ser compasión: COMPRENDER, que permite que nos conectemos con el otro, con la creación. La compasión es uno de los pilares de la vida de la persona, siendo “cómplices” del AMOR INCONDICIONAL, compañeros en las buenas y en lo que duela, apoyarnos aunque seamos diferentes sabiendo que en el fondo tenemos muchas cosas en común, creando relaciones que florezcan: estar ahí, de pie como María, sin enjuiciar nada ni a nadie, sólo irradiando COMPASIÓN dándose, entregándose y entregando también todo y a todos. La compasión nos ayuda abrazar (he de aceptarlo) el dolor propio y ajeno para atravesarlo y trascenderlo, transformarlo para florecer al estilo de Jesús.






